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La era Craig en James Bond

La era de Daniel Craig como James Bond inicia con Casino Royale (2006) y termina con No Time to Die (2021). Son cinco películas en quince años. La crítica y recepción de estas producciones ha sido variada. Pero no soy crítico de cine y esto no es una reseña. Es más bien un intento de responder, en general, cómo se acercan estas cinco historias protagonizadas por Craig con las veinte anteriores y, en específico, cómo No Time to Die encaja con sus predecesoras.

En primer lugar, hay que tener presente que las películas de Bond no siguen el patrón de otras franquicias actualmente populares. No se entrelazan coherentemente como en el Universo Cinemático Marvel. Tampoco siguen una línea cronológica como en Star Wars. Y no adaptan en orden los libros originales como en Harry Potter. Desde Dr. No (1962) hasta Die Another Day (2002), las veinte películas producidas por EON son aventuras relativamente independientes y autocontenidas, vinculadas entre sí por débiles cabos y solo algunos personajes.

La coherencia interna no es el mayor mérito de la franquicia. Los cambios de actores que personificaron a James Bond, desde Sean Connery en los sesentas hasta Pierce Brosnan en los noventas, ha planteado retos para entender cómo Bond no envejece (no, James Bond no es un nombre código, es el mismo personaje). Además, las historias presentan inconsistencias poco sutiles. Por ejemplo, Bond y Blofeld se conocen cara a cara en You Only Live Twice, pero en la siguiente entrada Bond es capaz de personificar a Hilary Bray para infiltrarse en la base de Blofeld sin que este lo reconozca.

En segunda instancia, estas veinte películas de 1962 a 2002 se caracterizaban por seguir lo que Umberto Eco, al analizar las novelas originales, denominó la estructura narrativa de Ian Fleming. Básicamente, las historias presentan relaciones entre personajes invariables y una secuencia narrativa estable. Aunque Eco detallas más, se puede resumir en: Bond obtiene misión de M, el villano captura a Bond y Bond vence villano. Las películas de Bond, aunque no fieles a las novelas de Fleming (especialmente a partir de los setentas), repiten esta fórmula, con algunas variaciones en tono y estilo.

Con el debut de Daniel Craig en Casino Royale se dan dos cambios respecto a la tradición. Primero, de forma inusitada, se hace un reboot, o un inicio fresco en la línea del tiempo. El Bond de Craig no es un dinosaurio de la Guerra Fría, no vengó a Felix Leiter y su esposa, no desarmó una bomba atómica vestido de payaso, no se casó con Tracy di Vicenzo y no venció a Goldfinger en el golf. Es James Bond, pero en una línea del tiempo que empieza desde cero, cuando obtiene su licencia para matar en la posguerra fría. No es una continuación del Bond Connery-Lazenby-Moore-Dalton-Brosnan.

Teóricamente este reboot es perfectamente compatible con la estructura narrativa de Fleming que Eco identifica. Sin embargo, este apego a la fórmula no sucede. Las películas de Daniel Craig como James Bond se alejan de la estructura, especialmente en el hecho de seguir una misión oficial. Son lo que en estadística se conoce como outliers.

A grandes rasgos, Casino Royale es bastante fiel a la novela original de Fleming, la primera en la serie. Libro y película narran una historia de origen y de formación del personaje. Es decir, hay una evolución en el protagonista que está ausente en las posteriores historias. Bond se construye en Casino Royale. Aprende. Pierde y gana en el juego. Gana y pierde en el amor. La traición y muerte de Vesper Lynd, funcionaria de la Tesorería y doble agente de la cual Bond se enamora y por la cual renuncia al servicio secreto (un desvío de la fórmula), es un hecho que moldea su carácter y sus relaciones con las mujeres. Por su tono de Bildungsroman, Casino Royale es una historia atípica.

Vesper vuelve a ser central en la segunda película de Craig, Quantum of Solace (2008), la cual se plantea como una secuela que ocurre inmediatamente luego de los eventos de Casino Royale, a diferencia de las aventuras autocontenidas de la era clásica. El material original es una pequeña historia de Fleming que no tiene ninguna relación con la película. Esta última gira en torno a cómo Bond perdona a Vesper, lo cual contradice su lapidaria frase al final de la aventura predecesora –“the bitch is dead”– con la que Bond cerraba emocionalmente su nexo emocional. En los libros, Vesper no vuelve a mencionarse sino hasta años después, cuando Bond visita su tumba. En las películas, el cierre romántico no ocurre. En Quantum of Solace, Bond busca venganza y se convierte en un agente libre (su renuncia en Casino Royale fue pasajera). Hasta el final vuelve a ganar la confianza de M.

Skyfall (2012) es también un caso desviado. La película inicia con Bond aparentemente muerto (como en la película You Only Live Twice). Luego de disfrutar un retiro momentáneo, Bond reingresa al servicio secreto cuando MI6 está bajo ataque. Extraoficialmente, Bond protege a su jefa M (Judi Dench) del villano en Skyfall, la residencia de su familia y su niñez. Es decir, en lugar de atacar la base del villano, Bond defiende su residencia (una inversión de la fórmula).

La cercanía con el pasado familiar de Bond se Skyfall es única, si bien en en GoldenEye se mencionaba marginalmente la trágica muerte de los padres de Bond en una avalancha de nieve. En Skyfall, el regreso de Bond a su infancia es geográfico y emocional, especialmente al morir su madre putativa, M. Por ende, con Bond fuera del servicio secreto, admitido de vuelta a regañadientes por Mallory, el futuro M (Ralph Fiennes), asumiendo una misión extraoficial que termina en un espacio íntimamente personal, Skyfall no sigue el patrón típico de 1962-2002.

Tampoco Spectre (2015) se mantiene fiel a la estructura original. En ella Bond realiza misiones en México, Italia, Austria y Marruecos al margen de MI6 y su jefe. Pero además, la película refuerza la idea continuidad al vincular las tramas previos, algo raro en las películas de Bond. Se dice que los villanos de las tres películas anteriores pertenecen a una misma organización (Spectre) y seguían un plan maestro de su líder, Blofeld. El resultado, sin embargo, es incoherente. Por ejemplo, es bastante claro que Silva, el villano de Skyfall, actuaba por cuenta propia. Al final de Spectre, Bond renuncia a MI6 -otro desvío- para construir una vida con la Dra. Madeleine Swann.

En estas cuatro entregas Bond se separa de MI6 (Casino Royale), actúa como agente libre (Quantum of Solace, Skyfall) o ambas (Spectre). Con ello se rompe lo que había sido un vínculo de (relativa) obediencia a M y al Servicio Secreto de su Majestad. Es verdad que en el periodo clásico hubo momentos de insubordinación hacia M. En On Her Majesty’s Secret Service Bond brinda su carta de renuncia a MI6 y ataca la guarida del villano en modo “rogue”. En Licence to Kill Bond se hace agente libre para ir contra el narcotraficante Sánchez. Estas acciones ocasionales en la era clásica son comunes en la era Craig.

Por último, llegamos a No Time to Die, en la que Bond está retirado, pero asume, primero, una misión extraoficialmente y, luego, de vuelta en MI6. De hecho, es su última misión. Bond vence al villano, pero no sobrevive, subvirtiendo la fórmula clásica. Aunque Fleming en dos novelas mató aparentemente a Bond, este regresó en las historias sucesivas. En cambio, No Time to Die no deja dudas de que el personaje murió.

Entonces, la era Craig no tiene una sola película donde la historia siga el esquema básico de M-misión-Bond vence villano. Son cinco historias de cinco que irrumpen con la estructura narrativa de Fleming, mientras que en la era clásica hay dos de veinte que se desvían de la fórmula.

No Time to Die es, por lo tanto, un final atípico para un ciclo atípico y, en ese sentido, parece apropiada. La muerte de Bond no es un elemento extraño, sino que sigue el patrón las películas de Craig de hacer algo diferente en cada entrada.

Algo más que me llama la atención de No Time to Die son sus semejanzas con la más atípica de la era previa, On Her Majesty’s Secret Service. De hecho creo que funcionan como espejo.

En esta última, Bond se casa con Tracy di Vicenzo (Diana Rigg), quien muere indirectamente (pues quien dispara es Irma Blunt) a manos de Blofeld después de la boda. En No Time to Die Blofeld muere, a manos de Bond y Madeleine. En On Her Majesty’s Secret Service Bond tiene que vivir sin Tracy. En No Time to Die, Bond muere y Madeleine (la nueva Tracy) tiene que vivir sin Bond, pero no triste y sola (como Bond sin ella) sino aparentemente feliz (aunque melancólica) con Mathilde.

La relación con On Her Majesty’s no es casual por parte de los guionistas y del director. Hay una evocación explícita ya que la banda sonora de No Time to Die utiliza dos temas de su antecesora. “We Have All the Time in the World”, compuesta por John Barry con letra de Hal David y cantada por Louis Armstrong, aparece en ambas películas.

Podría decirse que con On Her Majesty’s Secret Service también concluye una era de Bond, el Bond de los sesentas. Luego volverá Connery con la bizarra Diamonds are Forever, antes que Roger Moore gire Bond hacia un terreno todavía más fantasioso y cómico. Timothy Dalton retoma la veta del espionaje, aunque su trayecto es corto (dos películas nada más). Pierce Brosnan parece combinar todos los anteriores.

Pueden especularse razones por las cuales escritores y productores decidieron matar a Bond. Para algunos, es una nueva iteración del tópico sacrificio del héroe, visto recientemente en Logan y Avengers: Endgame. Pero además, con la muerte de Bond, irreversiblemente se pone fin a la era Craig. Se puede especular que el apego que los productores, Michael G. Wilson y Barbara Broccoli, mantenían con Craig y el futuro incierto con la compra de MGM por parte de Amazon les motivaron a blindar este ciclo y garantizar que futuras entradas deben empezar de cero sin tocar el legado de Craig.

No tengo idea de qué vendrá en el futuro, pero queda claro que las próximas entregas no continuarán la historia del comandante que ascendió a agente 007 matando a Dryden en Praga, que le ganó a Le Chiffre jugando póker, que amó a Vesper, que tuvo en sus brazos a Mathis, M y Felix Leiter antes de morir, que se enamoró de la doctora Swann con quien tuvo una hija llamada Mathilde. La historia de ese Bond, James Bond, terminó.

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Music

La guitarra

La guitarra es un instrumento interesante. Como explica el maestro Andrés Segovia, es el único instrumento de cuerdas realmente polifónico. Es decir, permite hacer varias voces simultáneamente. En la guitarra se producen notas con distintos timbres y colores, dulces y metálicos. Puede generar sonidos similares a la mandolina y al redoblante. La “Gran Jota” de Tárrega es un buen ejemplo de su variedad sonora.

La guitarra tiene, sin embargo, una gran dificultad respecto a otros instrumentos polifónicos, como el piano, por ejemplo. Mientras en el piano cada mano puede construir independientemente una melodía o llevar una voz, en la guitarra ambas manos son -por lo general- conjuntamente necesarias. Es técnicamente imposible tocar un fa en el traste uno de la sexta cuerda al mismo tiempo que un fa en el traste trece de primera cuerda. En un piano bastarían dos dedos.

Curiosamente las dificultades técnicas de la guitarra no la hacen menos atractiva. Es fácil acompañar canciones populares con guitarra sin necesidad de estudiar notación musical. Pero esto se convirtió en un arma de doble filo para la guitarra, ya que tardó tiempo en ser considerada como instrumento de concierto y de música clásica.

En el siglo XIX italianos como Ferdinando Carulli, Mauro Giuliani, Matteo Carcassi y españoles como Dionisio Aguado, Fernando Sor y Francisco Tárrega escriben obras recitativas (muchas aún parte del canon guitarrístico) y también ejercicios para el estudio. Estos últimos contribuyen a refinar la técnica de la guitarra clásica. Incluso grandes maestros, como Pepe Romero, siguen practicando con estos estudios.

En el siglo XX ocurre algo importante para el instrumento: compositores no exclusivos de guitarra (algunos ni siquiera guitarristas) empiezan a componer para este instrumento. Manuel de Falla escribió el Homenaje para la Tumba de Debussy. Heitor Villa-Lobos, quizás el más importante compositor brasileño de todos los tiempos (quien, además, sí era guitarrista) compuso doce estudios, cinco preludios y la suite popular brasileña para guitarra. Joaquín Rodrigo, Manuel María Ponce, Malcolm Arnold, André Previn y el mismo Villa-Lobos escribieron conciertos para guitarra y orquesta (Rodrigo cinco, los otros uno). El más célebre de estos conciertos es el Concierto de Aranjuez de Rodrigo, en tres movimientos: Allego con spirito, Adagio y Allego gentile. Estas composiciones orquestales son importantes porque posicionan a la guitarra en el mismo estatus del piano o del violín: un instrumento de recital solo pero también uno perteneciente a los grandes salones de orquesta donde el virtuosismo de la persona guitarrista debe destacar.

Una figura clave que aumentó el repertorio de la guitarra es el paraguayo Agustín Barrios, conocido como Mangoré. Escribió muchas obras para guitarra sola (de las cuales varias se han perdido), aunque ninguna con orquesta. Mangoré supo explotar al máximo la expresividad de la guitarra en distintos estilos, desde lo barroco a lo romántico. Estuvo en Costa Rica y por ello escribió “Variaciones sobre el Punto Guanacasteco”. Sobre su paso por el suelo costarricense y su legado puede consultarse el libro de Randall Dormond, La guitarra en Costa Rica (1800-1940).

Adicionalmente, el repertorio guitarrístico se expandió con transcripciones de obras escritas para piano u otros instrumentos. Por ejemplo, varias composiciones para piano de Isaac Albéniz forman parte del repertorio estándar de la guitarra, pero también música de J.S. Bach (como las partitas para violín y laúd y las suites para cello) y de Antonio Vivaldi (conciertos para mandolina y laúd).

Creo que la guitarra, por su limitada sonoridad en comparación con otros instrumentos, pero también por su enorme popularidad, será siempre un instrumento retador, diferente y especial.

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Political Science

Elecciones en Costa Rica: Una bibliografía esencial

Estamos a un año de las elecciones presidenciales y legislativas de 2022 en Costa Rica. Puede que esto les fomente interés, horror o una combinación de ambos sentimientos. De cara a este acontecimiento, ofrezco aquí una breva propuesta de lecturas para entender mejor los procesos electorales y repasar lo que se ha escrito sobre Costa Rica. Aclaro que este no es un estado de la cuestión exhaustivo. Es más cercano al programa de un curso, hecho a gusto propio para el público general (tal vez cansado de leer sobre COVID-19) o bien para personas con estudios en ciencia política pero cuyos intereses estén en otras áreas (aunque a veces no parezca, en ciencia política no somos todólogos y todólogas que podemos discutir de cualquier tema, sino que tenemos nuestras especialidades).

Para empezar, ¿por qué la gente vota? En este artículo, el politólogo André Blais reseña la literatura, exponiendo con claridad lo que se sabe – y lo que no – alrededor de las distintas variables que influyen en la participación electoral: instituciones (sistemas electorales), actores (sistemas de partidos), contexto (economía).

Como la reseña de Blais tiene ya algunos años, puede actualizarse con este metaanálisis.

Los anteriores artículos discuten los factores influyentes en las tasas de participación de un país (cuánto se participa). Pero existen también variables a nivel individual (quién participa). Otra vez Blais (en autoría con Christopher Achen) presenta un modelo simple y poderoso para explicar por qué la gente vota basado en la combinación de deber y preferencia.

Un metaanálisis útil sobre los factores que influyen en la participación electoral a nivel individual es el Kaat Smets y Carolien van Ham.

Pasemos a Costa Rica. El estudio pionero de abstención es el libro de Ciska Raventós et al. Abstencionistas en Costa Rica. ¿Quiénes son y por que no votan? (2005, Editorial UCR). Esta obra estuvo motivado por la caída en la participación electoral que, antes de 1998, superaba el 80% para luego mantenerse por debajo de 70%.

Esta investigación concluye que los factores estructurales que se observan en otros países influyen también en CR: a menor estatus socioeconómico, menor probabilidad de votar. Además, sostiene que el descenso en diez puntos porcentuales en la participación de 1998 proviene de la convergencia entre las plataformas de PLN y PUSC. Si los partidos ofrecen lo mismo, ¿de qué sirve votar si no hay nada que escoger? (Un argumento esbozado originalmente por Anthony Downs, por cierto).

Este puede complementarse con el estudio de Ronald Alfaro sobre los ciclos vitales de votación (jóvenes y adultos mayores votan menos que adultos de edades intermedias) y el hábito como refuerzo del comportamiento (del voto o de la abstención).

Volviendo a la perspectiva comparada, un libro importante que analiza (aunque también generaliza demasiado) las transformaciones que experimentan muchas democracias es Parties without Partisans editado por Russell J. Dalton and Martin P. Wattenberg (2000, Oxford University Press). Resulta útil para tener presente que lo observado en Costa Rica no es exclusivo de este país. Más bien, sigue tendencias de muchas democracias consolidadas: la ya mencionada menor afluencia electoral, el desapego de la ciudadanía con los partidos, la creciente fragmentación partidaria y el mayor apoyo político a terceras opciones.

Para profundizar los cambios en el electorado costarricense, pueden revisarse los trabajos de Ciska Raventós y de Fernando Sánchez (este último muy inspirado en Parties without Partisans).

  • Raventós Vorst, Ciska (2008). Lo que fue ya no es y lo nuevo aún no toma forma: elecciones 2006 en perspectiva histórica. América Latina Hoy 49: 129-156. https://doi.org/10.14201/alh.2036
  • Sánchez Campos, Fernando (2003). Cambio en la dinámica electoral en Costa Rica: un caso de desalineamiento. América Latina Hoy 35: 115-146. https://doi.org/10.14201/alh.7378

Estos dos categorizan el caso costarricense como uno de desalineamiento. Pero un reciente estudio más bien argumenta un proceso de realineamiento (en particular, alrededor del PAC).

  • Perelló, Lucas y Patricio Navia (2021). Abrupt and Gradual Realignments: The Case of Costa Rica, 1958–2018. Journal of Politics in Latin America 13(1): 86-113. https://doi.org/10.1177/1866802X20967733

Sobre cómo las personas votan hay muchísimo. De los libros clásicos, uno que me sorprende por la cantidad de tesis que formuló y que se mantienen vigentes es The People’s Choice de Paul Lazarsfeld, Bernald Berelson y Hazel Gaudet (1944, Columbia University Press). Por mencionar algunas, dicen que:

  1. las personas votan según los grupos sociales a los que pertenecen;
  2. se retrasa la decisión del voto cuando las personas votantes tienen bajo interés y presiones contradictorias (por ejemplo, cuando les gusta el candidato pero no su programa);
  3. los medios de comunicación ejercen un efecto mínimo en el cambio de preferencias y tienden más bien a activar y reforzar predisposiciones;
  4. la exposición a información es selectiva: se tiende a consumir aquello que refuerza lo que se cree de antemano.

Siguiendo con la literatura global, recomiendo el libro Democracy for Realists de Christopher Achen y Larry Bartels (2016, Princeton University Press) porque, aunque analizan únicamente Estados Unidos, los autores hacen un buen balance de teorías de opinión pública y comportamiento.

En la misma línea, sugiero el artículo de Harold Clarke y colegas sobre la elección de 2012 en EEUU. Pareciera una selección muy idiosincrática (¿quién piensa todavía en la elección de Obama vs. Romney?), pero presenta (a mi gusto) una combinación impecable de perspectivas teóricas sobre el voto, contexto y análisis estadístico.

Aunque la democracia es longeva en Costa Rica, los estudios electorales empíricos están subdesarrollados en comparación con su edad. Ciertamente se han realizado múltiples análisis sobre caudales electorales a nivel cantonal, por ejemplo. Pero, por sus limitaciones metodológicas, estos dicen poco sobre el comportamiento individual.

Desde la década de 1970, el politólogo estadounidense Mitchell Seligson, en cooperación con el estadístico Miguel Gómez, propulsó el estudio de la cultura política a través de encuestas, iniciando en Costa Rica y expandiéndolo a la región. Actualmente el proyecto se llama Latin American Public Opinion Project. Sin embargo, no existe en Costa Rica un proyecto con una trayectoria similar, por ejemplo, al American National Election Studies de Estados Unidos que acumula encuestas desde 1948.

Afortunadamente los mencionados cambios desde 1998 relanzaron los estudios de electorales. Por ejemplo, inician las colaboraciones de investigación entre el Tribunal Supremo de Elecciones y la Universidad de Costa Rica para realizar encuestas nacionales. Pese a los valiosos esfuerzos realizados, siempre quedan preguntas pendientes, sobre todo porque cada nueva elección, debido a sus particularidades, ofrece una nueva interrogante.

Sobre elecciones particulares en Costa Rica quiero mencionar la siguiente lista – repito – no exhaustiva.

Sobre 2006

Sobre 2010

Sobre 2014

  • Alfaro Redondo, Ronald y Steffan Gómez Campos (2014). Costa Rica: elecciones en el contexto político más adverso arrojan la mayor fragmentación partidaria en 60 años. Revista de Ciencia Política 34(1): 125-144. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-090X2014000100006
  • Nicolás Jiménez, Yagnna, Edwin Alvarado Mena, Jeff Rodríguez Alvarado y Allan Abarca Rodríguez (2015). Las promesas electorales de los candidatos a la presidencia de la República de Costa Rica, divulgadas en medios de prensa escrita, 2014. Revista de Ciencias Sociales 147: 15-26. https://doi.org/10.15517/rcs.v0i147.19790
  • Pignataro, Adrián y María José Cascante (2018). Los electorados de la democracia costarricense. Percepciones ciudadanas y participación en torno a las elecciones nacionales de 2014. San José: IFED. http://ride.tse.go.cr/handle/123456789/2323
  • Rosales Valladares, Rotsay (2016). Elecciones Costa Rica 2014: el aparente giro hacia el progresismo de izquierda mediante el triunfo del partido acción ciudadana y el ascenso del Frente Amplio. Anuario Centro de Investigación y Estudios Políticos 6: 155-175. https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/ciep/article/view/26100
  • Treminio Sánchez, Ilka (2016). El PAC al poder: elecciones 2014 y los principales cambios en el sistema político costarricense. Península 11(1): 103-126. https://doi.org/10.1016/j.pnsla.2016.01.005

**En el siguiente estudio las elecciones de 2010 y 2014 enfatizando dos variables: partidismo y evaluación del gobierno saliente**

Sobre 2018

  • Alfaro Redondo, Ronald y Felipe Alpízar Rodríguez (eds.) (2020). Elecciones 2018 en Costa Rica: retrato de una democracia amenazada. San José: PEN. http://hdl.handle.net/20.500.12337/7969
  • Carazo, Carolina, Ignacio Siles y Larissa Tristán (2021). En palabras de los candidatos. Anuario Centro de Investigación y Estudios Políticos 12: 1-33. https://doi.org/10.15517/aciep.v0i12.43489
  • Cascante, María José (ed.) (2019). Los límites de la democracia costarricense: Perspectivas feministas de la elección 2018. San José: Colegio de Profesionales en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Programa de Doctorado en Gobierno y Políticas Públicas, Centro de Investigación y Estudios Políticos. http://hdl.handle.net/10669/79800
  • Gómez Campos, Steffan y Elías Chavarría Mora (2018). Análisis ideológico y de concreción de los programas de Gobierno en las elecciones 2018. San José: Programa Estado de la Nación. http://hdl.handle.net/20.500.12337/2966
  • Díaz González, José Andrés y Stephanie Cordero Cordero (2020). Las preferencias del electorado en la segunda ronda presidencial de 2018 en Costa Rica. Un modelo de socialización política. Política y gobierno 27(1): 41-62.
  • Pignataro, Adrián e Ilka Treminio (2018). Reto económico, valores y religión en las elecciones nacionales de Costa Rica 2018. Revista de Ciencia Política 39(2): 239-263. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-090X2019000200239
  • Rodríguez, Florisabel, Fernando Herrero Acosta y Wendy Chacón (2019). Anatomía de una fractura. Desintegración social y elecciones del 2018 en Costa Rica. San José: FLACSO.
  • Rojas Bolaños, Manuel e Ilka Treminio Sánchez (eds.) (2019). Tiempos de travesía. Análisis de las elecciones de 2018 en Costa Rica. San José: FLACSO.
  • Rosales Valladares, Rotsay (2018). Costa Rica: volatilidad, fragmentación, shock religioso y decisiones de último minuto. En Nuevas Campañas Electorales en América Latina. Montevideo: Fundación Konrad Adenauer.

En esta breve bibliografía comentada me centré en temas de comportamiento político en torno a las elecciones nacionales (las subnacionales o municipales merecerían otra reseña), pero hay otros aspectos relacionados con estas. Por ejemplo, el sistema electoral comprende las reglas de distribución de escaños. Para una exposición didáctica de cómo funciona la repartición de escaños legislativos, puede ver el trabajo de Diego Brenes, magistrado del Tribunal Supremo de Elecciones.

Diversos trabajos se han centrado en la creciente, pero limitada, representación de las mujeres en la política. Puede verse el ya mencionado libro editado por María José Cascante, la obra Mujeres y Derechos Políticos Electorales (2018, IFED) de la magistrada Eugenia Zamora desde la perspectiva legal y este artículo de Montserrat Sagot desde la perspectiva histórica y sociológica.

  • Sagot, Montserrat (2010). Demandas desde la exclusión: representatividad democrática y cuotas de participación política en Costa Rica. Revista de Ciencias Sociales 130: 29-43. https://doi.org/10.15517/rcs.v0i130.4153

Por último, si creen que dejé algo por fuera que sea importante para las próximas elecciones, los comentarios son bienvenidos a mi correo.

¡Buena lectura!

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La incesante búsqueda de la fórmula mágica

“Pero ahora creo saber ya qué camino tendríamos que tomar. […] Ahora, en circunstancias extremas, hemos de elegir un camino difícil, un camino imprevisto. Ésa es nuestra esperanza, si hay esperanza: ir hacia el peligro, ir a Mordor. Tenemos que echar el Anillo al Fuego.”

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos (Libro II.2)

Conversando con amistades sobre política, surge habitualmente un tema con variaciones al discutir la actualidad de Costa Rica: la búsqueda de una solución mágica que (supuestamente) resuelva todos los problemas.

Las personas autoras de este tipo de propuestas no dicen explícitamente que sus propuestas lo resuelvan todo. Creo que ninguna persona es tan ingenua. Sin embargo, usualmente se produce un discurso de optimismo (o, por el contrario, de escepticismo) sobre el efecto que tendría determinada propuesta. Hay una esperanza de que alguien haya encontrado la manera de poner fin a los recurrentes males que los diagnósticos nos señalan: crisis política, desigualdad, pobreza y déficit fiscal.

Los recortes al gasto público, la reactivación económica, la reducción de impuestos y la venta de activos estatales resuenan de forma constante como las soluciones no solo al déficit fiscal sino prácticamente a todos los problemas del país. Es un reduccionismo económica que deja de lado otros temas con retos particulares: ambientales, de género y educativos, por mencionar algunos.

Hay otras, más cercanas a mi área de estudio en la ciencia política. Por ejemplo, la propuesta de Poder Ciudadano Ya de cambiar el sistema electoral a uno mixto proporcional pretendía, entre otros fines, contrarrestar los problemas de legitimidad política y otorgar a las personas votantes la capacidad de votar por candidaturas, no por listas. La insatisfacción política se veía como el núcleo de los problemas del país y, por ende, el desafío por afrontar.

Otra formula mágica deriva de la discusión sobre sistemas políticos alternativos al presidencialismo: parlamentarismo y semipresidencialismo (ignoro aquí propuestas antidemocráticas/inconstitucionales como el nombramiento de un superministro con un presidente ceremonial). Este ha sido un tema atractivo desde que Juan Linz denunciara los fallos del sistema presidencial, aunque la literatura ha avanzando en distintas direcciones, especialmente cuando deja de limitarse a la dicotomía presidencialismo vs. parlamentarismo y considera el contexto institucional, político y partidario de forma más amplia (e.g. no es lo mismo un parlamentarismo con circunscripciones uninominales a uno con plurinominales, o un presidencialismo con baja fragmentación partidaria frente a uno con alta).

La fórmula más reciente (y completa, pues conjuga lo político como procedimiento con lo fiscal como fin) es la Mesa de Diálogo Multisectorial, en su primera versión (no realizada), coordinada por el Programa Estado de la Nación y, en la segunda (finalizada), convocada por Casa Presidencial y facilitada por la politóloga Dra. Ilka Treminio y el economista Víctor Umaña.

Mi objetivo aquí no es valorar si cada una de estas soluciones es buena o mala. La evidencia es la que permite evaluarlas. Así, las siempre mencionadas bondades del recortes al gasto público y las consecuencias nocivas de los impuestos no están tan sólidamente establecidas como se aduce, nos recuerda mi amigo y colega Juan Manuel Muñoz.

Un sistema electoral mixto no resuelve la crisis de desconfianza política pues democracias con distintos sistemas electorales recurrentemente evidencian bajos niveles de confianza hacia el parlamento y los partidos políticos. Tampoco este rediseño garantiza el voto por candidaturas vs. listas, pues una una reciente investigación sobre sistemas electorales mixtos identifica la “contaminación” del voto, de las listas cerradas al voto individual. En otras palabras, muchas personas siguen votando como si solo existieran listas cerradas.

Es cierto que el parlamentarismo puede reducir la probabilidad de una caída autoritaria, según el sofisticado estudio de Adam Przeworski y sus colegas, pero ¿es esta una amenaza real en Costa Rica)? Y, aunque el sistema proporcional (como el vigente) se asocia con mayor gasto gubernamental y déficits, el presidencialismo se correlaciona con menos gasto y déficits más pequeños, como concluyen Persson y Tabellini en su riguroso análisis econométrico.

En cuanto a la Mesa de Diálogo, con los límites que puedan encontrársele, subrayo que esta produjo 58 acuerdos en un país que hace semanas parecía ingobernable, con bloqueos a lo largo del territorio y con figuras de opinión que -de formas más o menos sutiles- pedían la renuncia del presidente Carlos Alvarado. Su proceso y resultado tienen valor.

Podemos -e incluso debemos- ponderar las ventajas y limitaciones de las propuestas que se nos presentan. El error, o la ilusión motivada, es considerar cada una de ellas como la solución. La gestión gubernamental no se reduce a una ecuación matemática y, aunque quisiéramos modelarla como tal (i.e. teoría de juegos), encontraríamos supuestos lejanos de la realidad.

Tampoco creo que el mito de una fórmula mágica sea exclusivo de Costa Rica. La presidencia de Obama prometió una “sociedad posracial” que nunca llegó, por ejemplo. En varios países, el populismo y el ascenso de “líderes fuertes” presentan similares características teleológicas.

Mi conclusión es obvia: no hay una solución a todos los problemas políticos, económicos, sanitarios y sociales del país. No hay un anillo por destruir ni tampoco un deus ex machina (las águilas, para seguir con analogías tolkianas) que nos salvará. La política es un proceso permanente y endógeno de decisiones con costos y beneficios, con ganadores y perdedores.

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Opinion Political Science

Preámbulo a un resultado

Al momento de escribir, no han terminado de contar los votos en la elección estadounidense de 2020. Biden parece que podría ganar, aunque con un margen menor al que las encuestas le atribuían. Qué tan cerca estuvieron es un asunto metodológico que habrá que evaluar cuando finalice el conteo, comparando los promedios de encuestas con el resultado oficial para cada estado. A la espera, la pregunta que más me surge – y tal vez a quien esté leyendo también – es: ¿por qué Trump obtuvo tantos votos?

Por un lado, la pandemia afectó la economía estadounidense. El desempleo subió y el crecimiento se desaceleró. Aunque hay signos de recuperación, son parciales y no alcanzan los niveles precovid. La economía es uno de los principales predictores del voto y, aunque la administración Trump se atribuyó resultados positivos en los primeros tres años, algunos aducen que los votantes son “miopes” y observan solo el corto plazo (hay, sin embargo, evidencia en contra de la miopía). Es decir, el voto económico debería castigar al gobernante. Por otro lado, la pandemia afectó la vida. Según un estudio riguroso publicado recientemente, las muertes por el coronavirus se relacionan con menor apoyo a los republicanos. Doble razón en contra de Trump.

Si lo anterior fuera poco, Trump mantuvo su popularidad en niveles estables y bajos alrededor de 40%. No amplió su base electoral. Criticó a McCain, héroe republicano. Ofendió militares. Amenazó con despedir al Dr. Fauci, figura más popular que el presidente. Estos ejemplos son temas más de valencia que de posición: no responden a preferencias políticas como los impuestos y el aborto. Deberían superar las identificaciones partidarias. Pero esto no ocurrió ni con los mejores anuncios del Lincoln Project.

A todas luces, Biden no es un candidato atractivo y revolucionario. No fue un game changer (en todo caso, ¿cuántos lo son? Entre los recientes demócratas, Bill Clinton y Obama sí, pero Mondale, Dukakis, Gore, Kerry y Hillary Clinton no). Pero, aunque no se quiera votar por Biden, hay muchas razones para votar contra Trump. Quizás estas expliquen los casi 71 millones de votos demócratas que tiene hasta este momento. No obstante, más de 67 millones de personas votaron por Trump.

Pueden buscarse culpables: el Partido Demócrata no hizo lo suficiente, escogieron mal el candidato, hay personas que se confiaron y no votaron, etc. Pero, en el fondo, no hay culpables, hay votantes. Aunque la disonancia cognitiva nos dificulte verlo, hay personas que votaron por Trump porque aprueban su gestión, porque odian a los demócratas y liberales (en lenguaje técnico, polarización afectiva), porque quieren ver un muro fronterizo (las celdas no les bastan), porque tienen miedo de las protestas, porque no aceptan los reclamos de igualdad racial. Racismo y nativismo: personas blancas atemorizadas del otro, de las minorías, resentidas por el avance cultural o “extrañas en su propia tierra”, como las describe Arlie Russell Hochschild en su libro así titulado. En su estilo grotesco, Trump no acepta lo políticamente correcto y parece que esto a muchas personas les gusta. No dejo de pensar en un ridículo video de la campaña donde, en montaje, Trump golpea con gorras MAGA a Biden, a Hillary Clinton y a un manifestante. Es difícil encontrar una forma más sintética de resumir su mensaje.

Miércoles 4 de noviembre, por la mañana, Donald Trump puede ganar o perder la Casa Blanca. Pero su corriente política no morirá si lo segundo ocurre. La derecha radical populista en Estados Unidos tiene pasado: George Wallace, Pat Buchanan, Sarah Palin, el Tea Party. También tiene futuro. Por ejemplo, ya hay una congresista QAnon electa. Así como la derecha radical no es una patología, el éxito de Trump no es una anomalía. Es un resultado de condiciones históricas y políticas (con un empujón institucional del colegio electoral). Trump ha evidenciado, desde 2016, que no solo se puede ganar la presidencia de Estados Unidos a pesar de ser racista, autoritario y políticamente incorrecto: se puede ganar precisamente a causa de ello. Y la posible presidencia Biden no podrá borrar este nefasto precedente.

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Kamala y Biden

Desde el momento en que se asumió a Joe Biden como el candidato demócrata, mucha especulación ha existido sobre quién podría ser la candidata vicepresidencial (en marzo, Biden confirmó que escogería una mujer). Medios como Politico y The Washington Post han contrastado los puntos a favor y en contra de potenciales compañeras de fórmula, mientras que algunas encuestas han examinado la percepción pública hacia ellas.

La vicepresidencia es una institución relativamente poco estudiado en la ciencia política y con alguna razón: no todos los regímenes presidenciales incorporan esta figura (Chile y México, por ejemplo) y, donde existe, sería irreal interpretar la vicepresidencia como el segundo cargo más relevante. En realidad no. Las presidencias de cámaras legislativas, las jefaturas de bancadas parlamentarias e inclusive ciertos portafolios ministeriales (finanzas, relaciones exteriores) usualmente tiene mayor influencia que la vicepresidencia.

Sin embargo, en ocasiones, los vicepresidentes adquieren una relevancia sobresaliente en el gobierno. Claro que un vicepresidente alcanza la cúspide del poder ante la renuncia, muerte o juicio político del presidente. A veces, la ambición conspirativa sobrepasa la resignación de esperar en la línea sucesoria (según algunos, Michel Temer con Dilma Rousseff en Brasil). Pero, ordinariamente, las labores vicepresidenciales son las que le asigne el o la presidente y la constitución, de ahí que sus poderes y atribuciones sean variables de una presidencia a otra, oscilando entre la nulidad de un Luis Fishman y la influencia de un Dick Cheney (aunque la película Vice, como muchas representaciones populares, exagera el papel real del controversial vicepresidente).

Cuando candidatos presidenciales escogen a sus compañeros o compañeras de boleta/papeleta (hay vicepresidentes que se eligen de forma separada, por ejemplo, en Filipinas), ¿cómo lo hacen? La literatura especializada, muy centrada en Estados Unidos, pero con algunas incursiones en América Latina, señala dos criterios de selección: el electoral y el gobernativo.

El electoral busca maximizar el atractivo de la fórmula mediante el balance estratégico: la selección de vicepresidentes con características distintas a las del presidente para apelar el voto de distintos grupos sociales, ideológicos y geográficos. Así, John Kennedy, joven, católico y liberal del norte, escogió a Lyndon Johnson, texano, de religión protestante y con amplia experiencia legislativa. Sin embargo, este criterio del balance se basa en el supuesto de que la candidatura vicepresidencial influye en la decisión del voto. Grofman y Kline estiman que el impacto es, cuanto mucho, de un punto porcentual.

Investigaciones más recientes sobre el caso estadounidense demuestran que el criterio del balance con fines electorales se reemplazó por uno de habilidades para contribuir en el gobierno. Esto responde a la vicepresidencia de Walter Mondale (1977-1981), un punto de inflexión en el cual los vicepresidentes empiezan a adquirir más funciones sustantivas en las administraciones. Desde ahí, la vicepresidencia moderna trascendió el rol simbólico y limitado que tenía. Vicepresidentes como Al Gore, Cheney y mismo Joe Biden fungieron como consiglieri relevantes para los número uno en la Casa Blanca; la inerte vicepresidencia de Mike Pence es más bien una excepción.

En un artículo publicado en 2019, Michelle Taylor-Robinson y yo sostenemos un tercer factor en la decisión: la vicepresidencia como un espacio ampliado de inclusividad. Con datos de Costa Rica, mostramos que la vicepresidencia ha permitido incluir grupos que no siempre están presentes en las esferas institucionales del poder: mujeres (en parte por una cuota de género que se cumple para las papeletas presidenciales), afrodescendientes y personas vinculadas con organizaciones ambientales, de mujeres y de personas con discapacidades (aunque las tradicionales conexiones económicas y financieras no han desaparecido de la vicepresidencia costarricense).

La escogencia de Kamala Harris evidencia los tres criterios en acción. Es mujer, más joven que Biden (55 vs. 77 años) y afroamericana (balance estratégico de la papeleta). Tiene experiencia como senadora, fiscal general de California y precandidata demócrata (capacidad de aportar en el gobierno). Pero, sobre todo, en una elección donde los dos candidatos presidenciales son hombres blancos, en un ambiente de racismo estructural, con un nativismo pujante desde el Partido Republicano y de grupos de derecha extrema y en un contexto de protesta social alrededor de #BlackLivesMatter y el asesinato de George Floyd, la selección de Harris – hija de inmigrantes de India y Jamaica – es una señal de inclusividad ampliada desde el Partido Demócrata hacia grupos desfavorecidos por una administración Trump que ha demostrado que the American People” de su discurso inaugural incluye solamente al segmento blanco, masculino y “nativo” del país.

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¿Qué lecturas asignar en cursos?

Decidir el programa de un curso es una tarea docente interesante y, a la vez, retadora. Objetivos, metodología, evaluación, cronograma, bibliografía… En el -muchas veces- estresante proceso de elaboración, hay un elemento que, sin embargo, disfruto pensar y decidir: las lecturas.

Estos son algunos elementos en los que me baso para escoger la bibliografía de los cursos que imparto:

  • Acceso: Nada más tedioso que leer un texto escaneado y el proceso previo de escanear (¡y que cuiden los libros!). Por mucho, para estudiantes y docentes, es más práctico incluir textos disponibles digitalmente, fácilmente descargables como PDF desde un repositorio en línea. Esto tiene una implicación: se tenderá a incluir más artículos que libros o capítulos de libros. En ocasiones, no hay de otra: va escaneado, sobre todo pensando en textos viejos, pero importantes.
  • Clásicos vs. investigación actualizada: Este es un debate interesante porque hay textos pioneros (sobre todo, libros) que marcan el inicio de una agenda. Pero, hay que admitirlo, algunos clásicos en ciencia política son aburridos. Lipset y Rokkan (1967) es un capítulo denso y extenso. Los Partidos Políticos de Duverger es más disfrutable, pero ¿es necesario leer un capítulo completo de 73 páginas para familiarizarse con las dos “leyes” de Duverger? ¿No resulta más práctico leer el artículo de Clark y Golder (2006) que actualiza las tendencias de Duverger a la luz de nuevos datos y con herramientas estadísticas sofisticadas? El dilema se complica tomando en cuenta que las investigaciones más recientes -como el paper de Clark y Golder- usualmente se publican en inglés… y así paso al siguiente punto.
  • Idioma: El inglés es la lengua franca de la ciencia, lo cual plantea un reto adicional para quienes vivimos en países no angloparlantes. Las traducciones de libros son comunes; las de papers no. En el grado en que enseño (Bachillerato y Licenciatura en Ciencias Políticas) se nos pide incluir la mayoría de la bibliografía en español y es justo porque (a) no hay un requisito de inglés y (b) los niveles de esta lengua son dispares entre estudiantes. La consecuencia es cierto nivel de rezago en el estado del conocimiento (las traducciones toman tiempo) o simplemente vacíos (no todo se traduce y, por lo tanto, no todo se lee). Por supuesto que en posgrados (maestría o doctorado) el inglés es esencial porque se espera una producción académica de punta. Para el grado he encontrado dos opciones útiles. Una es utilizar artículos en español que reseñan intensivamente la literatura en inglés (como este artículo de Juan Manuel Muñoz-Portillo sobre populismo). La otra es que, en contadas ocasiones, se publican traducciones de artículos científicos que conviene aprovechar (por ejemplo: Blais 2006/2008, Lijphart 1990/1990, Samuels 2008/2011). Esto no busca desmeritar las publicaciones en español. El asunto es que, en ciencia política, cada vez es más común que investigadores(as) no anglosajones(as) publiquen en inglés.
  • Mujeres: En ciencia política la brecha de género, desfavorable para las mujeres, se evidencia en libros, capítulos de libros, artículos y citaciones. Por lo tanto, es imperativo visibilizar a las mujeres en las bibliografías de cursos. Es importante también, por más que APA diga lo contrario, incluir nombres y no solo iniciales para visibilizar los patrones de género.
  • Lecturas interesantes: Esta lista no está ordenada por prioridad; si lo estuviera, este punto merecería subir de posición. La lógica es simple pero relevante: si una lectura es aburrida para uno como docente, posiblemente lo sea aún más para el estudiantado. Claro que uno tiene gustos particulares y de gustibus non est disputandum. Entonces hay que preguntarse: ¿Es el argumento relevante, o sea, dice algo de la realidad política de nuestros tiempos? ¿Es el texto amigable? ¿Está bien escrito? ¿Cuánta estadística incluye? (Un texto abundante en modelos de regresión es fascinante para mí, pero desafiante para estudiantes con menor entrenamiento en estadística.) O sea, hay que preguntarse no solo si uno lo disfruta sino si al estudiantado le gustará también (dar un curso de forma repetida tiene una ventaja obvia).

Estas son las consideraciones que tomo para asignar lecturas en cursos. El resultado final es un balance de los distintos elementos. Según estos criterios, una bibliografía “ideal” es accesible digitalmente, balanceada entre clásicos y textos recientes, con buena presencia de mujeres y con lecturas entretenidas y relevantes. Cuadrar este conjunto no es fácil, pero el resultado es más satisfactorio.

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Posición y habilidad

Es común leer en Twitter desafíos del tipo “¿Qué es algo que la gente comúnmente ignora o malinterpreta de su disciplina?” Pensando en esa pregunta, un fundamento de la ciencia política que me gustaría que se conociera y se supiera distinguir analíticamente es la diferencia entre posición y habilidad.

Aunque puede haber otras, la formulación clásica es de Donald Stokes (1963), en Spatial Models of Party Competition, entre temas de posición (position issues) y temas de valencia (valence issues). Intervención estatal en la economía vs. libre mercado, secularidad vs. religiosidad, “pro-choice” vs. “pro-life” son ejemplos típicos de posición: se puede imaginar un eje en el que las personas y los partidos ubican sus preferencias. Una simplificación de este eje es el popular izquierda-derecha que Bobbio resumió como un conflicto de igualdad. Por otro lado, los temas de valencia son aquellos en que la mayoría de las personas está de acuerdo: tener una buena economía, disminuir el desempleo, garantizar la seguridad del país. La competición partidaria en estos temas no se da por cuál posición es la correcta sino por cuál partido es más capaz o hábil para gestionar el tema (el análisis más actual y sofisticado en la materia lo ofrecen Green y Jennings [2017]).

Es cierto que la diferencia entre posición y valencia a veces no es clara. Aunque las personas estén de acuerdo en querer una mejor economía, pueden diferir en qué significa mejor. ¿Menos impuestos? ¿Más crecimiento? ¿Menor desigualdad? Garantizar la seguridad nacional, como tema de valencia, se asocia con un tema de posición en política exterior: intervencionismo (hawks) vs. pacifismo (doves). En tiempos de COVID-19, aunque la mayoría quisiera que los gobiernos contengan la pandemia (valencia), difieren en las medidas específicas y en la relación entre restricción sanitaria y apertura de la economía (posición).

¿A qué viene todo esto? Lo traigo porque en las discusiones públicas se falla en distinguir que ambos temas son ortogonales. Que un gobierno sea efectivo aprobando leyes no significa que este resultado sea el “mejor”. ¿Mejor para quién? Depende de la cercanía de la ley aprobada con la preferencia del público. El gobierno de Carlos Alvarado fue efectivo al aprobar una reforma tributaria cuando otros fracasaron. Pero esto es independiente de si la reforma es socialmente óptima (al menos habría que conocer la preferencia mediana).

Que un actor político cuente con altas credenciales académicas y profesionales tampoco implica que sea universalmente deseable porque obvia el tema de posición. Es competente, ¿pero competente para avanzar cuál agenda? Personalmente, aborrezco las posiciones de Trump y, por lo tanto, agradezco que sea incompetente en alcanzarlas. Difiero de Bob Woodward cuando le desea suerte en su gobierno (supongo que quiso ser educado). Si Trump fuera más competente (como Orbán en Hungría, por ejemplo), EEUU tendría políticas más nativistas, autoritarias y conservadoras, las cuales distan de mis preferencias políticas.

Habilidad no es posición. Hay políticos muy hábiles en generar resultados perjudiciales para la mayoría, mientras otros fracasan en alcanzar objetivos maximizadores de beneficios (una definición de estadista podría ser el/la líder político que sobresalga en ambos). Reconocer que los partidos y los actores los políticos se mueven en dos dimensiones, valencia y posición, permite entender mejor la política como realmente es y evaluarla como nos gustaría que fuera.

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Hice un sitio web

Hice un sitio web. Hace un tiempo no lo habría imaginado, pero aquí estoy, escribiendo mi primer post.

¿Por qué hice un sitio web? Primero, es más barato de lo que creía. Segundo, de vez en cuando, me obligo a probar cosas nuevas (para alguien rígido como yo, esto es un un desafío personal nada banal). Tercero, tengo trabajo académico. Mejor dicho, trabajo en la academia y tengo productos -publicaciones- de ese trabajo, cuyo “éxito” depende de la difusión (i.e., publicidad, “autobombo”). Publicar no es solo sacar un paper en un revista; es, precisamente, hacer público un trabajo.

Para publicar el trabajo académico hay varias opciones. Existen los repositorios institucionales (por ejemplo, Kérwá en la Universidad de Costa Rica). Existen los sitios web de las revistas académicas. Creo que estos dos tienen un alcance limitado y terminan siendo autorreferenciales.

Existen también espacios colectivos como Academia y ResearchGate. Francamente, estos dos no me satisfacen (tengo perfil en el segundo; deserté del primero). Los perfiles son rígidos, poco personalizables. Para poner un ejemplo, en ResearchGate solo se puede referenciar revistas que estén en su base de datos interna.

Queriendo un espacio para poder divulgar mi trabajo académico con mayor flexibilidad, decidí abrir mi sitio web. Y, por qué no, tener un espacio para escribir lo que se me ocurra… política, historia, libros, música, películas y no sé qué más.

Bienvenidas y bienvenidos, a quienes quieran leerme (si no tienen nada mejor que hacer).