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La incesante búsqueda de la fórmula mágica

“Pero ahora creo saber ya qué camino tendríamos que tomar. […] Ahora, en circunstancias extremas, hemos de elegir un camino difícil, un camino imprevisto. Ésa es nuestra esperanza, si hay esperanza: ir hacia el peligro, ir a Mordor. Tenemos que echar el Anillo al Fuego.”

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos (Libro II.2)

Conversando con amistades sobre política, surge habitualmente un tema con variaciones al discutir la actualidad de Costa Rica: la búsqueda de una solución mágica que (supuestamente) resuelva todos los problemas.

Las personas autoras de este tipo de propuestas no dicen explícitamente que sus propuestas lo resuelvan todo. Creo que ninguna persona es tan ingenua. Sin embargo, usualmente se produce un discurso de optimismo (o, por el contrario, de escepticismo) sobre el efecto que tendría determinada propuesta. Hay una esperanza de que alguien haya encontrado la manera de poner fin a los recurrentes males que los diagnósticos nos señalan: crisis política, desigualdad, pobreza y déficit fiscal.

Los recortes al gasto público, la reactivación económica, la reducción de impuestos y la venta de activos estatales resuenan de forma constante como las soluciones no solo al déficit fiscal sino prácticamente a todos los problemas del país. Es un reduccionismo económica que deja de lado otros temas con retos particulares: ambientales, de género y educativos, por mencionar algunos.

Hay otras, más cercanas a mi área de estudio en la ciencia política. Por ejemplo, la propuesta de Poder Ciudadano Ya de cambiar el sistema electoral a uno mixto proporcional pretendía, entre otros fines, contrarrestar los problemas de legitimidad política y otorgar a las personas votantes la capacidad de votar por candidaturas, no por listas. La insatisfacción política se veía como el núcleo de los problemas del país y, por ende, el desafío por afrontar.

Otra formula mágica deriva de la discusión sobre sistemas políticos alternativos al presidencialismo: parlamentarismo y semipresidencialismo (ignoro aquí propuestas antidemocráticas/inconstitucionales como el nombramiento de un superministro con un presidente ceremonial). Este ha sido un tema atractivo desde que Juan Linz denunciara los fallos del sistema presidencial, aunque la literatura ha avanzando en distintas direcciones, especialmente cuando deja de limitarse a la dicotomía presidencialismo vs. parlamentarismo y considera el contexto institucional, político y partidario de forma más amplia (e.g. no es lo mismo un parlamentarismo con circunscripciones uninominales a uno con plurinominales, o un presidencialismo con baja fragmentación partidaria frente a uno con alta).

La fórmula más reciente (y completa, pues conjuga lo político como procedimiento con lo fiscal como fin) es la Mesa de Diálogo Multisectorial, en su primera versión (no realizada), coordinada por el Programa Estado de la Nación y, en la segunda (finalizada), convocada por Casa Presidencial y facilitada por la politóloga Dra. Ilka Treminio y el economista Víctor Umaña.

Mi objetivo aquí no es valorar si cada una de estas soluciones es buena o mala. La evidencia es la que permite evaluarlas. Así, las siempre mencionadas bondades del recortes al gasto público y las consecuencias nocivas de los impuestos no están tan sólidamente establecidas como se aduce, nos recuerda mi amigo y colega Juan Manuel Muñoz.

Un sistema electoral mixto no resuelve la crisis de desconfianza política pues democracias con distintos sistemas electorales recurrentemente evidencian bajos niveles de confianza hacia el parlamento y los partidos políticos. Tampoco este rediseño garantiza el voto por candidaturas vs. listas, pues una una reciente investigación sobre sistemas electorales mixtos identifica la “contaminación” del voto, de las listas cerradas al voto individual. En otras palabras, muchas personas siguen votando como si solo existieran listas cerradas.

Es cierto que el parlamentarismo puede reducir la probabilidad de una caída autoritaria, según el sofisticado estudio de Adam Przeworski y sus colegas, pero ¿es esta una amenaza real en Costa Rica)? Y, aunque el sistema proporcional (como el vigente) se asocia con mayor gasto gubernamental y déficits, el presidencialismo se correlaciona con menos gasto y déficits más pequeños, como concluyen Persson y Tabellini en su riguroso análisis econométrico.

En cuanto a la Mesa de Diálogo, con los límites que puedan encontrársele, subrayo que esta produjo 58 acuerdos en un país que hace semanas parecía ingobernable, con bloqueos a lo largo del territorio y con figuras de opinión que -de formas más o menos sutiles- pedían la renuncia del presidente Carlos Alvarado. Su proceso y resultado tienen valor.

Podemos -e incluso debemos- ponderar las ventajas y limitaciones de las propuestas que se nos presentan. El error, o la ilusión motivada, es considerar cada una de ellas como la solución. La gestión gubernamental no se reduce a una ecuación matemática y, aunque quisiéramos modelarla como tal (i.e. teoría de juegos), encontraríamos supuestos lejanos de la realidad.

Tampoco creo que el mito de una fórmula mágica sea exclusivo de Costa Rica. La presidencia de Obama prometió una “sociedad posracial” que nunca llegó, por ejemplo. En varios países, el populismo y el ascenso de “líderes fuertes” presentan similares características teleológicas.

Mi conclusión es obvia: no hay una solución a todos los problemas políticos, económicos, sanitarios y sociales del país. No hay un anillo por destruir ni tampoco un deus ex machina (las águilas, para seguir con analogías tolkianas) que nos salvará. La política es un proceso permanente y endógeno de decisiones con costos y beneficios, con ganadores y perdedores.

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Preámbulo a un resultado

Al momento de escribir, no han terminado de contar los votos en la elección estadounidense de 2020. Biden parece que podría ganar, aunque con un margen menor al que las encuestas le atribuían. Qué tan cerca estuvieron es un asunto metodológico que habrá que evaluar cuando finalice el conteo, comparando los promedios de encuestas con el resultado oficial para cada estado. A la espera, la pregunta que más me surge – y tal vez a quien esté leyendo también – es: ¿por qué Trump obtuvo tantos votos?

Por un lado, la pandemia afectó la economía estadounidense. El desempleo subió y el crecimiento se desaceleró. Aunque hay signos de recuperación, son parciales y no alcanzan los niveles precovid. La economía es uno de los principales predictores del voto y, aunque la administración Trump se atribuyó resultados positivos en los primeros tres años, algunos aducen que los votantes son “miopes” y observan solo el corto plazo (hay, sin embargo, evidencia en contra de la miopía). Es decir, el voto económico debería castigar al gobernante. Por otro lado, la pandemia afectó la vida. Según un estudio riguroso publicado recientemente, las muertes por el coronavirus se relacionan con menor apoyo a los republicanos. Doble razón en contra de Trump.

Si lo anterior fuera poco, Trump mantuvo su popularidad en niveles estables y bajos alrededor de 40%. No amplió su base electoral. Criticó a McCain, héroe republicano. Ofendió militares. Amenazó con despedir al Dr. Fauci, figura más popular que el presidente. Estos ejemplos son temas más de valencia que de posición: no responden a preferencias políticas como los impuestos y el aborto. Deberían superar las identificaciones partidarias. Pero esto no ocurrió ni con los mejores anuncios del Lincoln Project.

A todas luces, Biden no es un candidato atractivo y revolucionario. No fue un game changer (en todo caso, ¿cuántos lo son? Entre los recientes demócratas, Bill Clinton y Obama sí, pero Mondale, Dukakis, Gore, Kerry y Hillary Clinton no). Pero, aunque no se quiera votar por Biden, hay muchas razones para votar contra Trump. Quizás estas expliquen los casi 71 millones de votos demócratas que tiene hasta este momento. No obstante, más de 67 millones de personas votaron por Trump.

Pueden buscarse culpables: el Partido Demócrata no hizo lo suficiente, escogieron mal el candidato, hay personas que se confiaron y no votaron, etc. Pero, en el fondo, no hay culpables, hay votantes. Aunque la disonancia cognitiva nos dificulte verlo, hay personas que votaron por Trump porque aprueban su gestión, porque odian a los demócratas y liberales (en lenguaje técnico, polarización afectiva), porque quieren ver un muro fronterizo (las celdas no les bastan), porque tienen miedo de las protestas, porque no aceptan los reclamos de igualdad racial. Racismo y nativismo: personas blancas atemorizadas del otro, de las minorías, resentidas por el avance cultural o “extrañas en su propia tierra”, como las describe Arlie Russell Hochschild en su libro así titulado. En su estilo grotesco, Trump no acepta lo políticamente correcto y parece que esto a muchas personas les gusta. No dejo de pensar en un ridículo video de la campaña donde, en montaje, Trump golpea con gorras MAGA a Biden, a Hillary Clinton y a un manifestante. Es difícil encontrar una forma más sintética de resumir su mensaje.

Miércoles 4 de noviembre, por la mañana, Donald Trump puede ganar o perder la Casa Blanca. Pero su corriente política no morirá si lo segundo ocurre. La derecha radical populista en Estados Unidos tiene pasado: George Wallace, Pat Buchanan, Sarah Palin, el Tea Party. También tiene futuro. Por ejemplo, ya hay una congresista QAnon electa. Así como la derecha radical no es una patología, el éxito de Trump no es una anomalía. Es un resultado de condiciones históricas y políticas (con un empujón institucional del colegio electoral). Trump ha evidenciado, desde 2016, que no solo se puede ganar la presidencia de Estados Unidos a pesar de ser racista, autoritario y políticamente incorrecto: se puede ganar precisamente a causa de ello. Y la posible presidencia Biden no podrá borrar este nefasto precedente.